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El malestar y los síntomas

Hay malestares que no nos llegan como pensamientos claros, sino como sensaciones difusas que se deslizan por el cuerpo o se filtran en nuestros vínculos. Es el cansancio sin motivo, la irritabilidad que sorprende, la angustia que aparece al despertar, o esa tensión persistente que no encuentra palabra. Cuando algo no puede decirse, busca otros caminos para manifestarse: se cuela en gestos automáticos, decisiones impulsivas, distancias inesperadas o síntomas físicos que parecieran no tener causa. Es un sufrimiento que se esconde en lo cotidiano, y justamente por eso, es difícil reconocerlo.

La terapia permite transformar ese malestar sin nombre en un relato propio. No porque el analista entregue una explicación, sino porque el espacio analítico habilita que lo no dicho encuentre un espacio, un texto, un sentido. En el trabajo artesanal de nombrar lo que antes era puro ruido interno, se abre la posibilidad de comprender cual es la historia emocional que sostiene ese síntoma y qué lugar ocupaba en nuestra vida. Y cuando algo puede ser dicho, deja de actuar en silencio: se vuelve pensable, y por lo tanto, hay posibilidad de cambio.

En ese tránsito de pasar del malestar mudo a la palabra propia, aparece la verdadera importancia de analizarse: el psicoanálisis no sólo alivia, sino que permite descubrir la lógica íntima de nuestro sufrimiento, aquello que lo sostiene y lo repite. Analizarse es un acto de responsabilidad con uno mismo, un gesto de valentía frente a lo que evitamos ver. De este modo es posible comenzar a habitar la historia con mayor claridad, a reconocer lo que duele y también lo que desea. Y cuando podemos pensarnos con más profundidad, la vida se ordena de otro modo: no porque desaparezcan los conflictos, sino porque dejamos de estar a su merced y comenzamos, por fin, a ser protagonistas de nuestra propia experiencia.


Padres que no ocupan su lugar

Vivimos una época en la que los roles se difuminan. Muchos adultos parecen haber renunciado a ocupar el lugar simbólico del padre o de la madre. Prefieren ser “amigos” de sus hijos, compartir con ellos las mismas modas, los mismos códigos, el mismo lenguaje. Pero esa aparente cercanía suele esconder una gran dificultad: la del adulto que, por miedo a ser rechazado, deja de ejercer la función de orientar, de poner bordes, de transmitir algo del orden de la ley y de la diferencia.
La adolescencia sin fin
La sociedad contemporánea parece haberse instalado en una especie de adolescencia perpetua. La inmediatez, el consumo, el culto a la imagen y el deseo de gratificación constante no sólo marcan a los jóvenes, sino también a los padres.
Ser adulto —asumir que no todo va a llegar, que no se puede acceder a la totalidad, sostenerse desde la responsabilidad y la palabra— se ha vuelto casi un acto contracultural.
En este contexto, los hijos crecen sin la referencia de un otro que encarne una diferencia y una autoridad simbólica.
Ejercer la función
Ser padre o madre no es una cuestión biológica, sino una posición subjetiva. Implica poder sostener la frustración del hijo, acompañarlo sin complacerlo, decir “no” cuando es necesario y, sobre todo, no temer ocupar el lugar de la ley y de la función que instaura los límites.
Tal vez nuestra tarea hoy sea la de recuperar el valor de ese acto: el de ser adultos frente a los hijos, aunque el mundo nos insista y nos empuje a la ilusión de ser eternamente jóvenes….

¿Por qué nos polarizamos?

La polarización (la escisión) ocurre cuando el conflicto interno se vuelve insoportable.
Cuando no podemos sostener la ambivalencia —esa coexistencia de amor y odio, deseo y miedo, culpa y rabia—, el psiquismo busca alivio en la escisión: dividir el mundo entre buenos y malos, víctimas y culpables, puros y corruptos.
La polarización no es solo política: es una defensa frente a la complejidad.
El pensamiento dicotómico ofrece una ilusión de coherencia.
Nos protege de la angustia que genera reconocer que el otro —y nosotros mismos— somos contradictorios.
Así como el bebé necesita dividir al objeto en “bueno” y “malo” para enfrentar lo amenazante , el adulto polarizado repite esa operación inconsciente: necesita un enemigo que condense lo intolerable.
La masa, diría Freud, desindividualiza.
Permite descargar afectos sin culpa, proyectar en el otro lo que rechazamos en nosotros.
Por eso la indignación se propaga con tanta fuerza: da forma a una comunidad afectiva sostenida por la identificación con un ideal.
Pero detrás de esa energía hay también miedo: miedo al desamparo, a la pérdida de pertenencia, a la diferencia que amenaza la identidad.
La polarización es también un síntoma social.
Expresa la dificultad de tolerar la incertidumbre, la falta de garantías, el vacío simbólico de una época sin referentes sólidos.
Cuanto más débil es el lazo social, más fuerte se vuelve la necesidad de adhesión.
El odio se convierte en una forma de vínculo, y el enemigo en un organizador de sentido.
Superar la polarización no implica reconciliar posiciones opuestas, sino reintroducir el conflicto en el pensamiento.
Volver a soportar la ambivalencia, reconocer la complejidad, aceptar que el otro no encarna el mal sino la diferencia.
Solo allí puede aparecer el diálogo, no como acuerdo, sino como posibilidad de pensar sin expulsar lo que incomoda….

¿Por qué tememos la cercanía?

1.-El deseo de cercanía.
Todos deseamos ser reconocidos, comprendidos, amados. Pero cuando la cercanía se vuelve posible, pueden emerger resistencias. El otro ya no es una fantasía, sino un espejo que devuelve aspectos de nosotros que se delatan y que esquivamos…
2.-La amenaza de perder el control.
La intimidad altera. Desarma nuestras defensas, pone en juego la dependencia, la falta, la necesidad. Nos recuerda que el amor implica exposición, y que el otro no puede ser poseído ni previsto totalmente.
3.-El miedo infantil que persiste.
Detrás del temor a la cercanía hay memorias de nuestra historia: las separaciones, el miedo a no ser suficiente, el temor al abandono. Lo que fue vivido como pérdida puede reactivarse cada vez que alguien se aproxima demasiado.
4.-El dilema del vínculo.
Queremos ser amados sin renunciar a nuestra total autonomía. Pero el amor implica una renuncia simbólica: aceptar que el otro tiene algún poder sobre nosotros, que puede herirnos o dejarnos. Esa vulnerabilidad es a lo que tememos en el vínculo.
5.- El trabajo terapéutico.
El espacio analítico puede permitir una distancia posible: ni fusión ni rechazo. Allí la cercanía se piensa, se soporta, se elabora.
Es el lugar donde tenemos la experiencia que nos puede permitir estar próximos y sin que eso signifique desaparecer o quedar heridos.
Para ello lo esencial es indagar en la elección :
¿qué me atrae de ese otro (a) ?, ¿ qué es lo que me hace estar acá?,
¿podrá recibir lo que quiero o lo que puedo dar? , ¿podrá entregar lo que requiero? etc.
Son preguntas necesarias que habrá que ir resolviendo....

El duelo en Psicoanálisis

Duelo y Psicoanalisis

Perder a alguien, una relación o incluso un proyecto de vida nos confronta con un vacío difícil de nombrar.
En psicoanálisis entendemos el duelo no solo como tristeza, sino como un proceso psíquico en el que el inconsciente trabaja para soltar, recordar y transformar lo perdido.

A veces, cuando este proceso se detiene, el dolor se estanca y se transforma en síntomas: insomnio, ansiedad, apatía, incluso en dificultades para volver a vincularse.

El análisis abre un espacio donde ese dolor puede ser puesto en palabras y elaborado. No se trata de “olvidar”, sino de encontrar nuevas formas de vivir con lo perdido.

Si sientes que tu duelo se ha vuelto demasiado pesado o interminable, hablarlo puede ser el primer paso hacia un alivio verdadero.

¿Cuando el duelo se vuelvo patológico?

El duelo, aunque doloroso, es un proceso natural. Se considera patológico cuando se detiene o se desvía de su curso:

El dolor no disminuye con el tiempo, sino que se intensifica.
La persona queda fijada a la pérdida, sin poder volver a interesarse en la vida.
Aparecen síntomas graves: depresión profunda, aislamiento extremo, pérdida de sentido.

En vez de transformarse en memoria, el duelo se convierte en una prisión.

El psicoanálisis ayuda a reactivar el trabajo de duelo, permitiendo que lo perdido encuentre un lugar en la historia personal sin anular el presente ni el futuro.

El duelo duele, pero cuando inmoviliza, necesita ser acompañado.

Duelos encubiertos o enmascarados

No todos los duelos se muestran con lágrimas.
Existen los llamados duelos patológicos encubiertos: pérdidas que no logran reconocerse como tales y que se manifiestan de forma indirecta.

¿Cómo aparecen?

· A través de síntomas físicos recurrentes sin causa médica clara.

· Mediante irritabilidad, apatía o conductas compulsivas.

· En depresiones “sin motivo aparente”, donde la pérdida no se reconoce conscientemente.

El dolor se esconde, pero no desaparece: busca otras vías de expresión.
El psicoanálisis ayuda a darle nombre y lugar a esa pérdida, abriendo un espacio para elaborar lo que está oculto.

Hay duelos que no lloramos, pero que hablan a través del cuerpo y los síntomas.

No temer al duelo

El duelo no es una enfermedad. Es un proceso humano y necesario para elaborar la pérdida. Sin embargo, en nuestra sociedad actual se lo mira con sospecha: “ya deberías estar bien”, “no llores más”, “tómate algo para calmarte”.

Así, lo que debería vivirse como un tiempo de trabajo psíquico, se patologiza y se llena de fármacos para evitar sentir.
Pero el duelo es justamente lo contrario: atravesar el dolor, darle lugar, dejar que nos transforme.

No temer al duelo es reconocer que sufrir por lo perdido es parte de lo que nos hace humanos.

El duelo no es una enfermedad, es un camino posible de cambio y apertura.

 

El valor de la terapia en el proceso de duelo

El duelo es un proceso natural, pero a veces se vuelve demasiado pesado, confuso o interminable.

El psicoanálisis ofrece un espacio único: no busca acelerar el duelo ni “tapar” el dolor, sino escuchar lo que el inconsciente tiene que decir de la pérdida.

A través de la palabra, el paciente puede reconocer lo perdido, elaborar lo que duele y abrir la posibilidad de transformar ese vacío en memoria y en deseo de vida.

El análisis no elimina el duelo, lo vuelve habitable. Y en ese tránsito, la persona recupera la capacidad de vincularse, desear y proyectar.
El psicoanálisis no borra la pérdida, ayuda a transformarla en memoria y vida.


Salud Mental e Inteligencia Artificial.

Hoy vemos con preocupación cómo algunas plataformas de inteligencia artificial se presentan como una especie de “apoyo psicológico”. A primera vista, puede parecer atractivo: respuestas rápidas, palabras de aliento, disponibilidad a toda hora. Sin embargo, esto encierra un peligro mayor: confundir una simulación con un encuentro humano. En mi experiencia clínica, lo que cura no es la respuesta automática, sino la experiencia de diálogo con un otro real, capaz de escuchar, interrogar y mostrarnos algo que no esperábamos.

La inteligencia artificial funciona con patrones y repeticiones. Por eso, tiende a confirmar lo ya sabido, a devolver frases correctas pero previsibles. El inconsciente, en cambio, se manifiesta en lo que sorprende: un lapsus, un silencio, una contradicción. Esa irrupción es lo que abre la posibilidad de cambio. Si entregamos nuestra intimidad a un algoritmo, corremos el riesgo de borrar lo más propio de nosotros mismos: aquello que no entendemos del todo, pero que nos constituye.

Finalmente, hay una cuestión ética de fondo. Convertir la palabra en un “servicio automático” es reducir al ser humano a un consumidor de consejos, negando el lugar de la responsabilidad y del deseo. El trabajo terapéutico requiere un vínculo humano, un espacio donde lo que se dice tenga consecuencias. Una máquina no puede ofrecer eso, porque carece de inconsciente. Por eso, más allá de su utilidad en otras áreas, debemos ser claros: el cuidado de la vida psíquica no se delega a un algoritmo….


El mandato de ser feliz....

La “normativa de la felicidad” suele presentar la felicidad como un objetivo universal y alcanzable, transformándola casi en un imperativo moral. Surge así una exigencia superyoica que ordena: “¡sé feliz!”. Este mandato, lejos de liberar, tiende a generar culpa y malestar en quien no logra ajustarse a ese ideal.
Sabemos, sin embargo, que el malestar es estructural a la condición humana. Patologizar la tristeza, la angustia o la insatisfacción, en lugar de reconocerlas como expresiones inherentes al psiquismo y como vías de acceso al deseo y a la subjetividad, implica desconocer esta dimensión constitutiva.

La promesa de medir y aumentar la felicidad mediante ejercicios, frases que se repiten o intervenciones breves suele responder más a una lógica de adaptación social que a una interrogación subjetiva. Este enfoque ignora que el deseo es inconsciente, contradictorio y resistente a cualquier intento de domesticación a través de protocolos de autoayuda. El sujeto no se reduce a un “yo feliz”: está atravesado por la falta, la división y una dimensión conflictiva imposible de reducir a índices de satisfacción.
Este es un discurso que se articula con facilidad a las lógicas dominantes: cursos, aplicaciones, gurúes. En este marco, la felicidad se puede convertir en un producto destinado a un sujeto consumidor, dejando intacto el malestar estructural e incluso reforzando la frustración…


La culpa : ¿ freno, motor o síntoma?

La culpa ocupa un lugar ambiguo y a veces contradictorio en la vida psíquica:en momentos puede actuar como un freno necesario frente a la agresión o lo destructivo, o también puede funcionar como un motor ético que impulsa a reparar lo dañado. Pero no siempre opera en esta dimensión fecunda. En algunas situaciones, la culpa se vuelve corrosiva: se instala como una voz interior que acusa sin descanso, que no perdona ni concede tregua, debilitando desde dentro. En lugar de abrir un camino hacia la reflexión o la transformación, la persona se encierra en un círculo de auto-reproche y deuda interminable.

Convertida en síntoma, la culpa erosiona el deseo, fomenta la repetición y deja al sujeto preso de un tribunal interno exigente que nunca se declara satisfecho. Quizás la pregunta fundamental no es si la culpa es consustancial a lo humano o si se puede borrar, el punto es cómo evitar que, en lugar de orientarnos, termine destruyéndonos desde el interior. Reparar restituye la relación con el otro y con uno mismo, mientras que la culpa persecutoria solo exige castigo y renuncia. La primera abre a la responsabilidad ética;la segunda encierra en un circuito de hostigamiento interminable.


¿Por qué repetimos historias de las que queremos escapar?

Muchas veces repetimos experiencias que pensábamos haber dejado atrás. Cambiamos de pareja, de trabajo o incluso de ciudad, convencidos de que esta vez será distinto, pero terminamos tropezando con situaciones que se parecen demasiado a las anteriores.
En un tiempo donde se celebra la novedad, donde basta un clic para borrar, reiniciar o pasar a lo siguiente, estas repeticiones nos confunden : ¿cómo es posible que, con tantas opciones aparentes, volvamos a encontrarnos con el mismo guion? Lo cierto es que hay algo en nosotros que no se resuelve con la simple fuga hacia lo nuevo. Lo inconsciente insiste, y nos lleva de regreso a nuestra historia, aunque nos duela. El punto es que no sabemos qué de esa historia inconsciente nos conduce.

La cultura actual ofrece múltiples formas de huir: cambiar de pantalla, abrir otra app, empezar de cero. Pero ese movimiento rápido no evita la repetición, más bien la refuerza. El Psicoanálisis muestra que, detrás de cada tropiezo con lo mismo, hay un intento —a menudo fallido— de resolver lo que quedó pendiente. La oportunidad, entonces, no está en escapar, sino en detenerse y mirar lo que retorna. Sólo así es posible transformar esa compulsión en un gesto creativo, capaz de abrir un camino distinto. En una época que premia lo inmediato, la capacidad de esperar y de enfrentarse a lo que se repite puede ser, paradójicamente, el acto más liberador….


La Ansiedad

Desde el psicoanálisis, la depresión no es solo tristeza ni un mero “trastorno químico del cerebro”. Es la expresión de un conflicto psíquico más complejo: una pérdida que no ha logrado ser procesada. Algo o alguien —un amor, un ideal, una imagen de uno mismo— se pierde, pero en lugar de tristeza por lo perdido, inconscientemente la rabia y la culpa se pueden volver contra el propio Yo.
Quizá la pregunta no sea solo “¿por qué estoy triste?” sino “¿qué o quién he perdido dentro de mí?”

¿Cómo impacta la cultura?
La cultura de hoy promete felicidad inmediata, éxito sin límites y una vida sin falta. Redes sociales, productividad constante y culto a la imagen nos imponen un mandato: ser felices, rendir, mostrarlo.
Pero el psicoanálisis sabe que el sujeto no encaja del todo en esa lógica. Hay una dimensión de pérdida, de falta, de vacío que es estructural en el ser humano. La cultura actual no tolera ese vacío y lo convierte en un fracaso personal: si estás triste, es porque algo hiciste mal.
Así, la depresión crece en una cultura que no deja espacio para el duelo, para la falta, para la fragilidad. Se patologiza el dolor en lugar de escucharlo.
En tiempos de promesas rápidas, el psicoanálisis propone el tiempo de la palabra.

¿Cómo la enfrenta el psicoanálisis?
No ofreciendo recetas rápidas ni una logística voluntarista, sino creando un espacio donde se pueda poner en palabras aquello que se ha perdido —a veces sin saberlo— y que se ha convertido en un reproche contra sí mismo.
La palabra en análisis abre caminos al deseo, nombra lo innombrado, y permite transformarlo sin nombre en responsabilidad. Se trata de ir más allá del síntoma, escuchando lo que el inconsciente repite en silencio: pérdidas, duelos inacabados, ideales que nos aplastan.
No se trata solo de “sentirse mejor”, sino de saber algo más sobre uno mismo. Porque cuando el dolor tiene un sentido, deja de ser solo sufrimiento.


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