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Desde el psicoanálisis, la depresión no es solo tristeza ni un mero “trastorno químico del cerebro”. Es la expresión de un conflicto psíquico más complejo: una pérdida que no ha logrado ser procesada. Algo o alguien —un amor, un ideal, una imagen de uno mismo— se pierde, pero en lugar de tristeza por lo perdido, inconscientemente la rabia y la culpa se pueden volver contra el propio Yo.
Quizá la pregunta no sea solo “¿por qué estoy triste?” sino “¿qué o quién he perdido dentro de mí?”

¿Cómo impacta la cultura?
La cultura de hoy promete felicidad inmediata, éxito sin límites y una vida sin falta. Redes sociales, productividad constante y culto a la imagen nos imponen un mandato: ser felices, rendir, mostrarlo.
Pero el psicoanálisis sabe que el sujeto no encaja del todo en esa lógica. Hay una dimensión de pérdida, de falta, de vacío que es estructural en el ser humano. La cultura actual no tolera ese vacío y lo convierte en un fracaso personal: si estás triste, es porque algo hiciste mal.
Así, la depresión crece en una cultura que no deja espacio para el duelo, para la falta, para la fragilidad. Se patologiza el dolor en lugar de escucharlo.
En tiempos de promesas rápidas, el psicoanálisis propone el tiempo de la palabra.

¿Cómo la enfrenta el psicoanálisis?
No ofreciendo recetas rápidas ni una logística voluntarista, sino creando un espacio donde se pueda poner en palabras aquello que se ha perdido —a veces sin saberlo— y que se ha convertido en un reproche contra sí mismo.
La palabra en análisis abre caminos al deseo, nombra lo innombrado, y permite transformarlo sin nombre en responsabilidad. Se trata de ir más allá del síntoma, escuchando lo que el inconsciente repite en silencio: pérdidas, duelos inacabados, ideales que nos aplastan.
No se trata solo de “sentirse mejor”, sino de saber algo más sobre uno mismo. Porque cuando el dolor tiene un sentido, deja de ser solo sufrimiento.

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