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La culpa ocupa un lugar ambiguo y a veces contradictorio en la vida psíquica:en momentos puede actuar como un freno necesario frente a la agresión o lo destructivo, o también puede funcionar como un motor ético que impulsa a reparar lo dañado. Pero no siempre opera en esta dimensión fecunda. En algunas situaciones, la culpa se vuelve corrosiva: se instala como una voz interior que acusa sin descanso, que no perdona ni concede tregua, debilitando desde dentro. En lugar de abrir un camino hacia la reflexión o la transformación, la persona se encierra en un círculo de auto-reproche y deuda interminable.

Convertida en síntoma, la culpa erosiona el deseo, fomenta la repetición y deja al sujeto preso de un tribunal interno exigente que nunca se declara satisfecho. Quizás la pregunta fundamental no es si la culpa es consustancial a lo humano o si se puede borrar, el punto es cómo evitar que, en lugar de orientarnos, termine destruyéndonos desde el interior. Reparar restituye la relación con el otro y con uno mismo, mientras que la culpa persecutoria solo exige castigo y renuncia. La primera abre a la responsabilidad ética;la segunda encierra en un circuito de hostigamiento interminable.

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